El gobierno no puede hacer al hombre rico, pero puede empobrecerlo. Ludwig von Mises
Resulta preocupante que ante la inflación galopante que agobia, socava, y empobrece a los venezolanos, los políticos opositores exijan el aumento salarial en vez de exigir la abolición del salario mínimo, durante años, el caso en contra del salario mínimo ha sido estudiado ampliamente por expertos, llegando a un consenso en el cual la idea que busca sostener el salario mínimo es una que ha pasado, y por consiguiente ha expirado.
El salario mínimo no garantiza la creación de trabajos, sólo garantiza que aquellos que obtienen un trabajo les pagarán por lo menos ese monto, eso sólo conlleva a dos resultados negativos para una economía: Desempleo e inflación.
¿Que es el salario? Pues no es otra cosa sino el precio del trabajo.
Ahora bien, ¿que ocurre cuando el precio del trabajo aumenta?
El precio del trabajo no aumenta porque los trabajadores sean más productivos o porque las empresas deban pagar salarios más altos para mantener en su nómina a los empleados más valiosos. En el caso de la existencia de un salario mínimo, el precio del trabajo aumenta porque el Estado así lo exige. Cuando se aumenta el salario mínimo, las empresas utilizarán menos trabajadores, reducirán sus horas laborales, despedirán trabajadores, y también aumentarán los precios de sus bienes y servicios, lo cual es una consecuencia de los efectos de planificar la economía.
Por otra parte, cuando el salario mínimo es aumentado, las empresas habrán de contratar menos trabajadores, especialmente aquellos que tienen poca o ninguna experiencia.
Si un joven que tiene poca o ninguna experiencia laboral y decide acceder al mercado de trabajo y consigue un trabajo con un empleador ofreciéndole trabajar por un precio menor a los 4.251,40 bolívares en los que está fijado el salario mínimo, porque está dispuesto a trabajar por, digamos 3.500Bs., en un sistema de libre mercado, el joven y su jefe llegan a un acuerdo y obtiene el trabajo, pero por el contrario en una economía planificada como la nuestra, en la cual hay un precio mínimo, el empleador no lo puede contratar porque estaría violando la ley si le paga una cantidad inferior a la fijada, independientemente de que el joven esté dispuesto a ganar menos del salario mínimo.
¿Que efecto positivo puede tener en la economía que los jóvenes sepan que se les debe pagar un sueldo mínimo si el hecho de que deben recibir ese pago les impide obtener un trabajo?
Los jóvenes que no obtienen trabajos gracias al salario mínimo no sólo no perciben el beneficio económico que implica el salario sino que también se ven privados de obtener una experiencia laboral importante, tal como saber llevar relaciones con su jefe, otros colegas trabajadores y aprender a ser responsable en el ámbito laboral y demás aspectos que le demuestran al empleador que haber contratado a ese joven fue la decisión correcta, y así el joven habría de aprender y emprenderse en el sendero del trabajo y el ahorro para conseguir un mejor salario con el sudor de su frente.
Los defensores del salario mínimo (socialistas todos), arguyen que a pesar de que algunos jóvenes se quedarán fuera del mercado laboral esto se coloca en contrapeso con aquellos trabajadores que tienen un trabajo con salario mínimo porque obtendrán un aumento de salarial, pero eso no quiere decir que estos trabajadores les irá mejor, porque si bien es cierto que el Estado puede utilizar medios coercitivos para hacer que las empresas le paguen más los trabajadores por hora, no puede forzar a las empresas a que les paguen más a los trabajadores en una semana, ya que existe un límite de horas laborales.
Los empleadores buscarán la forma de reducir costos para tener pérdidas, y de acuerdo con los defensores del salario mínimo, el empleador puede verse en la posibilidad de absorber algunos de los costos que implica el aumento salarial a través de mayor productividad, menor oferta de trabajos, menor costos de entrenamiento y capacitación de trabajadores, disminuir el ausentismo e incremento de la moral del trabajador.
¿Cómo obtiene un empleador mayor productividad? Haciendo que sus trabajadores trabajen más duro.
¿Cómo hace el empleador para reducir los costos de capacitación? Entrenando menos a sus trabajadores.
En un país como Venezuela, donde las leyes laborales fomentan el ausentismo, castigan al empleador, maltratan al trabajador y la economía está regulada y controlada en todos sus aspectos, es imperativo llevar el salario mínimo a 0.00Bs. al tiempo de acompañar esta decisión con una rectificación monetaria y fiscal, reduciendo impuestos redundantes, ridículos e innecesarios al tiempo de detener el envilecimiento del valor monetario, parando la emisión de dinero sin respaldo.
«El pensamiento único, que es el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás, ese pensamiento único había denegado a la política la capacidad para expresar una voluntad. Había condenado la política. Había profetizado su caída imparable frente a los mercados, las multinacionales, los sindicatos, Internet. Se sostenía que en el mundo tal cual es hoy, con sus informaciones que se difunde instantáneamente, sus capitales que se desplazan cada vez más rápido y sus fronteras ampliamente abiertas, la política ya no jugaría más que un papel anecdótico y que ya no podría expresar una voluntad, porque el poder pronto estaría compartido, diluido, disperso en red; porque las fronteras estarían totalmente abiertas y los hombres, los capitales y las mercancías circularían sin obedecer a nadie. Pero la política retorna. Retorna por todas partes en el mundo. La caída del Muro de Berlín pareció anunciar el fin de la Historia y la disolución de la política en el mercado. Dieciocho años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer porque los hombres de hoy sienten una necesidad de política, un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la segunda guerra mundial.
Necesidad de nación
La necesidad de política tiene por corolario la necesidad de nación. La nación también había sido condenada. Pero aquí está de nuevo, para responder a la necesidad de identidad frente a la mundialización, vivida como una empresa de uniformización y mercantilización del mundo en la que ya no quedaría lugar para la cultura y para los valores del espíritu. Quizá la inquietud es excesiva, pero es bien real y expresa una necesidad de identidad muy fuerte. Por todas partes la he encontrado en esta campaña; en todas partes me han hablado de ella gentes de toda condición. Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no se está solo para afrontar un futuro angustioso y un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, se es más fuerte, y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos afrontar.
Yo he querido volver a poner la voluntad política y Francia en el corazón del debate político. La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor. Conjuraremos lo peor respetando a los franceses, manteniendo nuestros compromisos, respetando la palabra dada. Conjuraremos lo peor haciendo que la moral retorne a la política.
Contra los herederos de Mayo del 68
No me da miedo la palabra “moral”. Desde mayo de 1968 no se podía hablar de moral. Era una palabra que había desaparecido del vocabulario político. Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado en el corazón de la campaña presidencial. Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Habían querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos alumnos, que no había diferencias de valor y de mérito. Habían querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente, y que no puede existir ninguna jerarquía de valores. Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido.
Recordad el eslogan de Mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: “Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas”. Así la herencia de Mayo del 68 ha liquidado a la escuela de Jules Ferry en la izquierda francesa, que era una escuela de la excelencia, del mérito, del respeto, del civismo; una escuela que quería ayudar a los niños a convertirse en adultos y no a seguir siendo niños grandes, una escuela que quería instruir y no infantilizar, porque había sido construida por grandes republicanos que tenían la convicción de que el ignorante no es libre. Pero la herencia de Mayo del 68 ha liquidado esa escuela que transmitía una cultura común y una moral compartida, cultura y moral gracias a las que todos los franceses podían hablarse, comprenderse, vivir juntos. La herencia de Mayo del 68 ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de Mayo del 68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación. El cuestionamiento de todas las referencias éticas y de todos los valores morales ha contribuido a debilitar la moral del capitalismo, ha preparado el terreno para el capitalismo sin escrúpulos y sin ética, para esas indemnizaciones millonarias de los grandes directivos, esos retiros blindados, esos abusos de ciertos empresarios, el triunfo del depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre el trabajador.
La izquierda hipócrita
Los herederos de Mayo del 68 han degradado el nivel moral de la política. Todos esos políticos que reivindican la herencia de Mayo del 68, dan al prójimo lecciones que jamás se aplican a sí mismos, quieren imponer a los demás comportamientos, reglas, sacrificios que jamás se imponen a sí mismos. Proclaman: “Haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo hago”. Ésa es la izquierda heredera de Mayo del 68, la que está en la política, en los medios de comunicación, en la administración, en la economía. La izquierda que le ha tomado gusto al poder, a los Privilegios. La izquierda que no ama a la nación porque no quiere compartir nada. Que no ama a la República porque no ama la igualdad. Que pretende defender los servicios públicos, pero que jamás veréis en un transporte colectivo. Que ama tanto la escuela pública, que a sus hijos los lleva a colegios privados. Que dice adorar la periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en ella. Que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ella, la izquierda, no va jamás. Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que se encierra en el clientelismo y el corporativismo. Que firma peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún “okupa”, pero que no aceptaría que se instalaran en su casa. Que dedica su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma. Esa izquierda, en fin, que entre Jules Ferry y Mayo del 68 ha elegido Mayo del 68, es la que condena a Francia a un inmovilismo cuyas principales víctimas serán los trabajadores, los más modestos, los más pobres.
Ésa es la izquierda que desde Mayo del 68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de hablar a los trabajadores, de sentirse concernida por la suerte de los trabajadores, de amar a los trabajadores; porque el valor trabajo ya no forma parte de sus valores, porque su ideología ya no es la de Jaurès o la de Blum, que respetaban a los trabajadores, sino que ahora la ideología de la izquierda es la del reparto obligatorio del trabajo, la de las 35 horas, la del asistencialismo. La crisis del trabajo es ante todo una crisis moral, y en ella la herencia de Mayo del 68 tiene una enorme responsabilidad. Yo quiero rehabilitar el trabajo, quiero devolver al trabajador el primer lugar en la sociedad.
Liquidar la herencia de Mayo del 68
La herencia de Mayo del 68 ha debilitado la autoridad del Estado. Esos herederos de los que en Mayo del 68 gritaban “CRS = SS”, toman sistemáticamente partido por los violentos, los alborotadores y los estafadores contra la policía. Lo hemos visto tras los incidentes de la Estación del Norte. En lugar de condenar a los violentos y de apoyar a las fuerzas del orden y su difícil trabajo, no se les ha ocurrido nada mejor que esta frase, que merecería ser inscrita en los anales de la República: “Es inquietante constatar que se ha abierto una fosa entre la policía y la juventud”. Como si los vándalos de la Estación del Norte representaran a toda la juventud francesa. Como si fuera la policía la que estaba actuando mal, y no los violentos. Como si los violentos hubieran destrozado todo y saqueado los comercios para expresar una revuelta contra una injusticia. Como si el hecho de ser jóvenes lo excusara todo. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente siempre inocente. Ésos son los herederos de Mayo del 68, que denigran la identidad nacional, que atizan el odio a la familia, a la sociedad, al Estado, a la nación, a la República.
En estas elecciones se trata de saber si la herencia de Mayo del 68 debe ser perpetuada o si puede ser liquidada de una vez por todas. Yo quiero pasar la página de Mayo del 68. Pero tiene que ser más que un gesto. No hay que contentarse con poner banderas en los balcones el 14 de julio y cantar la Marsellesa en vez de la Internacional en los mítines del Partido Socialista. No se puede decir que se desea el orden y tomar sistemáticamente partido contra la policía. No es posible seguir denunciando la “provocación” y el “Estado policial” cada vez que la policía intenta hacer respetar la ley. No se puede decir que uno apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo, generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del Estado para no trabajar. No se puede decir que se desea obstaculizar las deslocalizaciones y al mismo tiempo rechazar cualquier experimentación del IVA social, que permite financiar la protección social con las importaciones. No es posible proclamar grandes principios y negarse a inscribirlos en la realidad. Yo propongo a los franceses romper realmente con el espíritu, con los comportamientos, con las ideas de Mayo del 68, con el cinismo de Mayo del 68. Propongo a los franceses devolver a la política la moral, la autoridad, el trabajo, la nación. Les propongo reconstruir un Estado que haga realmente su trabajo y que, en consecuencia, domine las feudalidades, los corporativismos y los intereses particulares. Les propongo rehacer una República una e indivisible contra todos los comunitarismos y todos los separatismos. Les propongo reedificar una nación que de nuevo esté orgullosa de sí misma.
Ciudadanía de deberes
Al poner sistemáticamente los derechos por encima de los deberes, los herederos de Mayo del 68 han debilitado la idea de ciudadanía. Al denigrar la ley, el Estado y la nación, los herederos de Mayo del 68 han favorecido el crecimiento del individualismo. Han incitado a cada cual a no pensar más que en sí mismo y a no sentirse concernido por los problemas del prójimo. Yo creo en la libertad individual, pero quiero compensar el individualismo con el civismo, con una ciudadanía hecha de derechos pero también de deberes. Quiero derechos nuevos, derechos reales y no virtuales. Quiero un derecho real a un techo, al alojamiento. Un derecho real al cuidado de los hijos, a la escolarización de niños con minusvalías, a la dependencia para los mayores. Quiero el derecho a un contrato de formación para los jóvenes de más de 18 años, y a la formación a lo lago de toda la vida. Quiero el derecho a la caución pública para aquellos que no tienen padres, para los que no tienen relaciones, para los enfermos a los que no se les quiere prestar porque se considera que representan un riesgo demasiado elevado. Quiero el derecho a un contrato de transición profesional para los que están en paro.
Pero quiero que estos derechos estén equilibrados con los deberes. La ideología de Mayo del 68 habrá muerto cuando la sociedad se atreva a recordar a cada cual sus deberes, cuando en la política francesa se ose proclamar que, en la República, los deberes son la contrapartida de los derechos. Ese día al fin se habrá realizado la gran reforma moral e intelectual que Francia necesita una vez más. Entonces podremos reconstruir sobre cimientos renovados esa República fraternal que es el sueño siempre inacabado, nunca realizado de Francia desde el primer día en que tuvo conciencia de su existencia como nación. Porque Francia no es una raza, no es una etnia, ni sólo un territorio; Francia es un ideal incansablemente perseguido por un gran pueblo que, desde su primer día, cree en la fuerza de las ideas, en su capacidad para transformar el mundo y hacer la felicidad de la humanidad.
Quiero decírselo a los franceses: el pleno empleo, el crecimiento, el aumento del poder adquisitivo, la revalorización del trabajo, la moralización del capitalismo, todo eso es necesario y es posible. Pero eso no son más que medios que deben ser puestos al servicio de una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y respetada.»
Parte del esfuerzo de Resistencia consiste en desnudar la propaganda del enemigo, con el objetivo de acercarnos a la victoria también en el plano de lo discursivo. Ya para nadie es un secreto que la MUD y su intelligentsia son parte funcional del régimen. Lo que puede seguir permaneciendo oculto, a muchos, es el hecho de que el discurso de la Oposición Oficial está cargado de elementos ideológicos propios de una popular interpretación del socialismo marxista. Vamos por parte, ya que cada elemento deriva de los anteriores.
1) “Hay que ganarse y movilizar a los pobres, sin eso no hay cambio posible”.
El argumento de que “subir a los barrios” es la primera prioridad de los venezolanos que quieren salir de la tiranía, proviene de una postura marxista, según la cual la única clase que -verdaderamente- puede ser sujeto revolucionario auténtico es la clase trabajadora (el pobre o proletario). Esta tesis queda anulada tras una breve consulta con la Historia: las revoluciones las hacen los estratos medios de la sociedad, ya que son éstos los principales sectores amenazados por las monocracias y los regímenes despóticos, y son los únicos que pueden adquirir consciencia política en pleno. Las grandes masas pobres son adictas a la figura del monarca, dictador o tirano (según sea el caso), ya que su psicología está orientada a la seducción por parte de figuras que representan seguridad y fuerza. Si los estratos medios logran sostener la Resistencia, los estratos bajos están ganados de antemano, y se adherirán al combate ya que su grupo de referencia son precisamente los sectores medios de la sociedad (su aspiración de vida es llegar a ser como dichos sectores). –El argumento en cuestión no sirve sino para distraer y dividir a la Resistencia.
2) “Hay que lograr una mayoría aplastante, una avalancha de apoyo dentro de la población; de lo contrario, no lograremos el cambio”.
El argumento de buscar la “inmensa mayoría” proviene de otra tesis marxista, según la cual la revolución obrera era un derivado necesario e inevitable de la dinámica interna del proceso de acumulación de capital. La pauperización generalizada en los países altamente industrializados, haría del surgimiento de un movimiento de masas proletarias -con consciencia revolucionaria- algo fácil y abrumador. Pero la práctica demuestra, una y otra vez, que las grandes acciones políticas son llevadas a cabo por minorías decididas y comprometidas con una causa determinada. El resultado de la perpetua insistencia en la “construcción de mayorías”, es la resignación de esa porción de la ciudadanía que ya es (¡oh, sorpresa!) una comprobada mayoría numérica.
3) “Hay que hablarle a la gente de los problemas «sociales» y concretos, no podemos llegarle al pueblo con abstracciones”.
El argumento acerca de que la adhesión demagógica solo se logra si se tocan los temas cercanos a la economía familiar, proviene de la situación filosófica y epistemológica básica de Marx y Engels. El marxismo clásico es estrictamente materialista -en el sentido economicista del término-, y por esa razón tiende a ver, detrás de TODOS los fenómenos humanos (arte, moral, política, comunicación, estructuración social, conocimiento, cultura, etc.), la mano peluda de la dinámica económica de la sociedad. No es de extrañarnos que la “oposición” fustigue como “inútil” cualquier tipo de argumento basado en la defensa de los valores, las leyes, las instituciones, la cultura, la dignidad, la Soberanía, la Libertad… Para los marxistas, todas esas “tonterías” son siempre menos importantes que las necesidades materiales de la gente. Pues malas noticias para ellos: el hombre no es solo necesidad, también es voluntad y consciencia. Una verdadera fuerza política decidida a combatir al comunismo en todos los frentes, sería la primera en elevar el discurso al terreno de las cosas más importantes que tiene el hombre – como ser en busca de la trascendencia. Una verdadera oposición a este régimen, denostaría de todo discurso que reduzca a los seres humanos, en su esencia, a la condición de especie animal, ya que el quiebre de la dignidad de las personas es el instrumento predilecto del comunismo.
4) “Lo que dicen los pobres es santa palabra, la opinión de ellos es la opinión que realmente cuenta”.
El argumento de la superioridad intelectual -a priori- de los estratos bajos, proviene de las convicciones político-ideológicas del marxismo: dado que la meta irrevocable de la Historia es la sociedad sin clases, la clase llamada por la providencia a hacer la revolución final es el proletariado; lo cual justifica que todo lo que se identifique con este propósito supremo sea endiosado, por pertenecer al “lado correcto de la Historia”. Todo lo demás es automáticamente rechazado como “burgués”, “a-histórico”, “reaccionario”, “retrógrado”, “conservador”, “falsa consciencia”, “ideología”, etc. Las implicaciones perversas de esta postura, son evidentes: a los estratos bajos, en Venezuela, se les ha socializado para que bailen al son de la clase política clientelista; dichas cúpulas siempre pueden utilizar el argumento en cuestión para arrogarse una interpretación infalible de la “voluntad del pueblo pobre”, con lo cual se convierten en portadoras de la palabra de Dios (por aquello de vox populi, vox dei). Asimismo, la reducción analítica de todo proceso histórico a un asunto de clases socioeconómicas pervierte la realidad, y la simplifica brutalmente en función de compartimientos estancos; así, la manipulación del argumento democrático (ya que los pobres son mayoría) no se hace esperar, siendo arma favorita para el control de masas. Este problema “teórico”, sigue siendo uno de los vicios recurrentes producto de la adicción al marxismo. –Por cierto, ¿se fijó usted en que la presencia de los “sectores populares” en la Resistencia, es contundente?
5) “El gobierno, los radicales, los empresarios, los militares, todos son de derecha”.
La tesis de que todo aquél que ataque a la MUD es “de derecha”, proviene de una visión de la sociedad contemporánea típica del marxismo clásico. Según el mismo, la sociedad capitalista se divide, a la hora de la verdad, en dos únicas clases: la burguesía y el proletariado. En consecuencia, todo lo que no encaja dentro del discurso de los máximos intérpretes del “pueblo pobre”, es un ataque de la “burguesía”, que ellos ven -naturalmente de forma errónea- como la «derecha». El argumento no solo impide la correcta identificación de la ideología del régimen enemigo, sino que también ignora la ausencia práctica de fuerzas políticas de centro o de derecha en el país; además, genera mayor confusión entre la población (puesto que imita la verborrea de los comunistas), sataniza y ahuyenta a los seguidores que no se consideran de izquierda, y es, simple y llanamente, una idiotez, producto de la indigestión mental de cualquier marxista.
Uno todavía no alcanza a entender, cómo puede haber alguien que logre establecer diferencias significativas entre los integrantes del chavismo y los de la Oposición Oficial. Después de todo, constituyen un gran bloque: la clase política venezolana. –Si usted entiende, por favor explíquese